Contaba mi abuela que lo vio por primera vez cuando era casi una chiquilla, en alguna de esas revistas en blanco y negro que tanto le gustaba leer en su juventud. Era una foto algo borrosa “en aquella época no se podía pedir más, niña”, pero aun así lo encontró tan hermoso, tan elegante, tan sensual incluso, que se quedó alelada por un tiempo largo.

Decía que la imagen se mantuvo grabada en su memoria por algún tipo de asociación sensitiva, y que se lo imaginaba rojo, brillante, poderoso, hecho con cuidado para ponerle magia a esos viajes que imaginaba y que nunca, desgraciadamente, llegaría a realizar.

Pero el destino tiene sus manías, y un tiempo más tarde (¿meses, años?) se lo encontró de pronto mientras cruzaba la calle. Estaba parqueado a la sombra de un árbol, como llamándola, tan rojo y hermoso que ella no pudo resistir la tentación de ir a tocarlo.

En ese momento alguien le habló y se volvió asustada, temiendo quizás un regaño, y lo que halló fue la cara de un muchacho que la miraba sonriente:

– ¿Te gusta?
– Parece salido de uno de esos cuentos de magia.
– ¿Ah, sí? ¿Sabes cómo se llama?

Y entonces le explicó que su nombre tenía también un toque mágico, una pizca de poesía camuflada en leyenda: esa de un pájaro de grandes alas que invocaba tormentas y traía vida al desierto con su lluvia salvadora.

– A lo mejor por eso lo llamaron Thunderbird, que significa “pájaro del trueno”.

Mi abuela (que en aquel entonces estaba muy lejos de ser mi abuela) quedó tan sorprendida y encantada con la conversación que estuvo de acuerdo en decirle dónde vivía, y el muchacho (que después fue mi abuelo) se dio a la tarea de conquistarla día tras día durante tres años, y de paso hacerle creer que aquel auto era suyo.

Claro que eso le funcionó por muy poco tiempo, y ella supo entonces que no, que mi abuelo era sólo un chofer, pero la esperanza y el amor siguieron haciéndolos soñar con el día en que recorrerían Cuba a lomos de ese Ford Thunderbird de 1956 con el aire de frente y el sol en el cuerpo…

He escuchado tantas veces esta historia que casi es parte de mí, y la he contado tanto que a veces no se sabe bien quién era la chica, si mi abuela en sus años 50 o yo en mi siglo XXI. Quizás por eso mi muchacho, el protagonista de mi historia de amor personal, pudo hacerme el regalo de mi vida al llevarme un día al Museo del Automóvil y decir:

– Mira, dicen que este perteneció a Rosita Fornés, pero fuera de eso ¿no se te parece a algo que conoces?

Fue allí que leí, con la sonrisa en los ojos, las palabras Ford T.Bird 1956… y lo toqué, y lo sentí, y me transporté al abrazo de unos abuelos que ya no están, pero se han quedado para siempre.