A veces uno camina por las calles de Cuba sintiendo el tiempo detenido y, habiéndolo vivido o no, te transportas por un segundo a esos años 50 donde era común (supongo) ver hombres con zapatos de dos tonos piropeando a mujeres de cintura ceñida en vestidos vaporosos.

Y es que las calles cubanas rebosan vida antigua camuflada en “máquinas del tiempo”, de un tiempo donde el reloj se detenía a la entrada de un cabaret y donde un buen auto podía ser (tenía que ser) fuerte como un hombre, dócil como un niño y elegante como una mujer.

Donde era fácil ir a bailar un mambo con la Banda Gigante y luego encontrarse al Benny subiendo a su Cadillac dorado, mientras sonreía a una multitud agradecida de su talento… ¡Qué tiempos! Dirían algunos.

Pero por suerte algo de esa magia perdura, y por eso no me extrañó que a un abuelo entrañable que conozco, admirador del Bárbaro del Ritmo donde los haya, se le hubiera iluminado la cara cuando vio parquear delante de él lo que rápidamente catalogó como un Cadillac 1958 Hardtop Imperial “nuevecito”.

“¿Lo ves?” me preguntó “uno como ese era el que manejaba el Benny”.

museo cadillac benny

Entonces comenzó a contarme sobre aquel hombre capaz de dirigir de oído e improvisar como nadie, y de la vez en que, siendo aún un niño, lo vio pasar en su auto por alguna calle de La Habana. “El carro más imponente que vi en mi vida”, acotó.

La cara se le llenó de nostalgia, y algo de eso debe haber notado el dueño del Cadillac, que se había quedado escuchando, porque amablemente lo invitó a montar para que lo sintiera por dentro. Él lo miró con la misma cara que debió tener aquel niño de las calles habaneras, y casi con devoción abrió la puerta y se sentó al volante.

Por un momento estuvo quieto, como respirando un recuerdo, y luego, suavemente, acarició palancas, espejos, asientos… “¿Lo ves?” repetía, “un hombre de ese calibre no podía escoger cualquier carro, tenía que ser el mejor”. Luego explicó que sólo se habían producido unos pocos, menos de mil, que era un auto de lujo, que ya no se hacían carros como ese…

“Me siento en la máquina del tiempo” dijo mirándonos con una sonrisa agradecida, “es como magia”. Luego cerró los ojos, alzó los brazos y comenzó a dirigir su banda: pero qué bonito y sabroso… Claro que no podía ser de otra forma.